“Sos un robot”, me dijo ella, “no
mostrás emociones”, continuó. Una de las emociones en la lista
era los celos. Por un momento pensé en contestar que esa era una
idea sin sentido, pero atendiendo a lo acalorado de la discusión
convine en que tendría todavía menos sentido intentar explicar por
qué.
Pasado el tiempo ya no tenía caso
volver al tema, pero terminé anotando las consideraciones que hice
al respecto.
En cuanto a los celos, suele culparse a
la baja autoestima por ellos, pero si entendemos que los mismos
responden al temor de pérdida, no sólo sentimos baja estima por
nosotros, sino baja estima por los demás.
Me explico: si se cela por temor a la
pérdida y sólo se puede perder lo que se tiene, entonces se implica
que si sentimos celos -si tememos perder al otro-, también sentimos
que el otro es algo que tenemos, es decir: un objeto.
Sentir celos, de algún modo, es
considerar al otro ya no como una persona, un ser libre, sino como un
objeto de nuestra posesión.
Esto es incluso sintácticamente
evidente. En la frase “Yo celo de ti”, “yo” soy el sujeto;
“celo”, la acción y “ti” es el objeto.
De esto se deriva un hecho todavía más
perverso, ya que poseer algo es tenerlo sujeto a nosotros, ¿De qué
forma sujetamos al otro? Pues con nuestro amor. Entonces, celar es
también creer que el amor que sentimos por el otro lo sujeta a
nosotros: el amor, de ese modo, deja de ser un sentimiento que se da
para volverse una cadena.
Finalmente, dicen que sentir celos es
natural, pero cualquier aficionado a la antropología puede señalar
estudios que demuestran que los celos sólo existen en sociedades en
las que el núcleo familiar está conformado por la pareja. O sea:
los celos son una construcción cultural y, por ende, sentir celos es
responder a un estímulo generado por la tradición, actuar según un
programa, lo cual, bien visto, es una actitud robótica.
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