lunes, 5 de mayo de 2014

Los celos


“Sos un robot”, me dijo ella, “no mostrás emociones”, continuó. Una de las emociones en la lista era los celos. Por un momento pensé en contestar que esa era una idea sin sentido, pero atendiendo a lo acalorado de la discusión convine en que tendría todavía menos sentido intentar explicar por qué.

Pasado el tiempo ya no tenía caso volver al tema, pero terminé anotando las consideraciones que hice al respecto.

En cuanto a los celos, suele culparse a la baja autoestima por ellos, pero si entendemos que los mismos responden al temor de pérdida, no sólo sentimos baja estima por nosotros, sino baja estima por los demás. 

Me explico: si se cela por temor a la pérdida y sólo se puede perder lo que se tiene, entonces se implica que si sentimos celos -si tememos perder al otro-, también sentimos que el otro es algo que tenemos, es decir: un objeto.

Sentir celos, de algún modo, es considerar al otro ya no como una persona, un ser libre, sino como un objeto de nuestra posesión.

Esto es incluso sintácticamente evidente. En la frase “Yo celo de ti”, “yo” soy el sujeto; “celo”, la acción y “ti” es el objeto.

De esto se deriva un hecho todavía más perverso, ya que poseer algo es tenerlo sujeto a nosotros, ¿De qué forma sujetamos al otro? Pues con nuestro amor. Entonces, celar es también creer que el amor que sentimos por el otro lo sujeta a nosotros: el amor, de ese modo, deja de ser un sentimiento que se da para volverse una cadena.

Finalmente, dicen que sentir celos es natural, pero cualquier aficionado a la antropología puede señalar estudios que demuestran que los celos sólo existen en sociedades en las que el núcleo familiar está conformado por la pareja. O sea: los celos son una construcción cultural y, por ende, sentir celos es responder a un estímulo generado por la tradición, actuar según un programa, lo cual, bien visto, es una actitud robótica.


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