El divague es la elucubración mental
que prescinde de la investigación profunda sobre el tema a tratar.
Es la forma más baja del pensamiento filosófico y es la favorita de
los ociosos con pretensiones intelectuales.
Dentro de este género, la paja mental
corresponde -como su nombre lo indica- a la forma de divague más
personal, nacida no de las observaciones colectivas de una
conversación, sino de la contemplación solitaria de la realidad.
No es práctica (o al menos no es
práctica para el resto el mundo) ni tiene otro objeto que producir
el placer mismo de pensar.
Está claro que si la paja mental se
convirtiera en la actividad principal de una persona, está será
incapaz de complacer a otros, recluido en su propia satisfacción,
cayendo al mismo nivel que el adicto de cualquier otra forma de
autocomplacencia, acabando como ego encerrado en sí mismo.
Sin embargo, en un mundo cada vez más
especializado, en el que pareciera que sólo el más específico
especialista de un tema está capacitado para hablar del mismo
(especialista que por otra parte estaría guiado por una búsqueda
todavía más específica), el pensamiento se volvería
extremadamente monótono si cada uno se abocara sólo a su tarea.
Y si el pensamiento se vuelve monótono
y su interés fuera siempre práctico, si perdiéramos el placer de
pensar simplemente por pensar, la palabra filosofía debería
cambiarse por una que no denote más el amor al pensamiento, ya que
no habría ningún amor en ello.
Por tanto, la paja mental no debe
reprimirse e, incluso, debe fomentarse al menos a pequeña escala
entre la población menos adepta, del mismo modo que se fomenta la
masturbación en las revistas para señoritas, puesto que así como
la masturbación es una forma de conocer cómo obtener placer para luego
aplicar lo aprendido en el encuentro sexual, del mismo modo la paja
mental es una práctica para el divague. Y así como el sexo,
usualmente por accidente, genera nueva vida; el divague eventualmente
es capaz de generar un pensamiento.
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