lunes, 5 de mayo de 2014

Consideraciones acerca del arte

El marxismo es una ideología tan segura de sí misma, que al leer que Marx anota una duda, no se puede sino prestar suma atención. En este caso es una duda que surge al final de la Introducción a 1857 y el texto es el siguiente:

La dificultad es que [el arte griego y su épica] todavía nos proporcionan goce artístico y que son en cierta forma válidos como norma y modelo inalcanzable.

La duda se desprende de su teoría según la cual toda actividad humana está ligada a determinada forma de desarrollo social, por consiguiente lo que es útil en cierto estadio de desarrollo debería desecharse cuando este se supera, sin embargo, el arte permanece.

Esta cuestión no hizo sino extender otra que me persiguió (y a muchos otros) durante varios años, y que poco a poco la vida y las lecturas fueron aclarando: ¿Que es el arte?

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Para empezar a hablar de arte es conveniente recordar la evolución histórica del término. “Artes”, desde el mundo helénico hasta la edad media, eran todas las actividades para las cuales fueran necesarias ciertas destrezas y ciertos conocimientos metodológicos. Esta definición englobaba una amplia variedad de actividades, desde la zapatería hasta la escultura, pasando por los deportes, las ciencias y la música. La poesía, al no tener método, no fue considerada un arte durante siglos. Es más, los clásicos profesaban que el poeta era inspirado por las musas, él no era sino un medio por el que ellas se expresaban, por lo que podemos dudar de que sea una actividad humana propiamente dicha.

Este concepto cambió sólo en el Renacimiento. Con la exaltación de la belleza, los pintores, escultores, arquitectos, etc, fueron más valorados (incluso económicamente, lo que, vale acotar, inició la especulación en el arte) que los zapateros y alfareros, y se produjo la escisión entre artes mayores o bellas y artes menores. La ciencia, por su parte, se volvió una actividad separada y con el tiempo, las bellas artes pasaron a ser simplemente “artes” y la belleza se convirtió en su característica definitoria, dejando de lado la necesidad de destrezas y reglas.

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Con el tiempo, fue ensanchándose el significado de Belleza, de tal modo que incluso lo horrible llegó a ser bello, como podemos constatar ya desde el barroco o incluso el manierismo, puesto que no podemos considerar bello al autorretrato de Miguelángel como un saco de huesos en El juicio final, por ejemplo y, sin embargo, nadie dudará de su cualidad artística.

Quizá la mejor definición de la belleza fue la acuñada por Rilke en sus Elegías de Duino.

[...] Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos.

Puesto que todo inicio es un final y el punto de encuentro de ambos es una frontera, la belleza,“el principio de lo terrible”, debía ser esa frontera.

Al ser una actividad humana, el arte no puede ser una frontera natural, como un río o una montaña, sino una muralla. Como en los castillos feudales, el arte-muralla divide la normalidad de lo terrible. La belleza nos protege de lo terrible, pero también nos recuerda que existe, puesto que -como las murallas-, ¿Para qué estarían si no hubiera una amenaza?

De esto puede derivarse que el arte “menos bello” es aquel en que la frontera es más fina, podemos ver lo terrible asomándonos sobre ella o a través de sus fisuras, escuchamos como arañan desde el otro lado.

Esto parece sumamente cercano a lo que Poe anota en su Filosofía de la composición:

En consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me pregunté entonces: ¿Cuál es el tono para su manifestación más alta? Este debía ser el tono de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza.

Esto es particularmente llamativo si pensamos que muchas veces, en mi caso y en el de algunos conocidos, a medida que vamos conociendo las producciones más cercanas a los terrible, más deseamos que la frontera sea más delgada, casi deseamos que no exista y llegamos a desdeñar los grandes muros ornamentados, seguros y confiables. Cuando conocemos a Francis Bacon, Caravaggio parece hasta remilgado, cuando leemos Todesfuge dejamos las rimas de Bécquer para los cuadernos de colegialas y nunca me gustó menos Shakespeare que luego de leer a Artaud.

Pero, ¿Qué es lo terrible? ¿Por qué nos atrae?

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Los surrealistas, al realizar sus experiencias de disminución del control consciente sobre las actividades verbales y plásticas, encontraron (ellos y el público) que el producto era de algún modo artístico y que mientras el control consiente disminuía más perturbadoramente bellos eran los resultados.

Al asumir que estos resultados no son posibles cuando se es consciente de la acción, puesto que la moral y las buenas costumbres insertadas en nuestra consciencia censuran, reprimen nuestros actos, estamos ciertamente asumiendo que el arte, en tanto acto humano perturbadoramente bello, proviene del inconsciente.

Esto ciertamente parece coincidir con el hecho de que las obras más terribles de la historia del arte son aquellas que se realizaron en tiempos breves o en estados de extremo agotamiento o delirio (el mencionado Juicio final de Miguelángel, las visiones del Bosco, las novelas de Víctor Hugo). El consciente en tales casos no tuvo tiempo o no pudo reaccionar para censurar los impulsos subconscientes de los que provenían tales obras. Por otra parte esto explicaría por qué la poesía fue la primera de las formas artísticas en ser considerada de inspiración sobrehumana, ya que la factura de un poema es extremadamente rápida en comparación con la factura de una estatua.


Si aceptamos todo esto, la respuesta a la cuestión de Marx sería que lo que nos conmueve no es la obra de arte (griega o de cualquier época y procedencia), sino lo que oculta la obra, el impulso inconsciente que fue frenado por la forma, por la belleza.

  

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