viernes, 9 de mayo de 2014

El horror


— he cried out twice, a cry that was no more than a breath — 
"The horror! The horror!"
J. Conrad


En el post-scriptum del texto anterior anoté que, si cualquier cosa puede representar a otra, entonces tal vez en el mundo no haya sino una sola cosa. Me preguntaron qué cosa sería esa. En verdad no lo había pensado entonces, sin embargo no dudé en contestar: el horror. Pero, ¿Qué es el horror?

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El horror no está encerrado en el ámbito del mal, puesto que el bien puede ser horroroso (nos basta recordar las criaturas que pueblan el cielo de la Revelación) y, también, puesto que el mal puede ser hermoso al seducir. El ámbito del bien y mal, por otra parte, es la reducida y mutable moral. El horror es más amplio, lo abarca todo: la nada, la eternidad y el infinito son conceptos horrorosos sin ser morales, por ejemplo.

Parece fácil definir el horror, pero sea el camino que se tome uno se topa con barreras. Como las primeras imágenes de horror que me vienen a la mente son feas (retratos de Bacon, decapitaciones de Caravaggio), inicié mi elucubración partiendo del concepto de fealdad, bastante más simple.

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La oposición evidente de la fealdad es la belleza, pero no la belleza de la estética, sino la belleza de la convención social. Tomemos el rostro como ejemplo: cada comunidad tiene un ideal de rostro bello y, mientras más se acerca el rostro de una persona a ese rostro ideal, más bello es (si no fuera así no podríamos hablar de la belleza latinoamericana, la belleza asiática o la belleza teutónica).

Ese ideal de belleza define la normalidad de los rostros, ya que, como los miembros de la sociedad lo desean, tienden a él por diversos caminos: desde la cosmética hasta la eugenesia y, por supuesto, no todos lo alcanzan, es más, la mayoría se queda por el camino. Sin embargo, no es difícil imaginar que el ideal es la diana de un blanco que pocos aciertan, rodeado de círculos concéntricos cuya puntuación decrece hasta abandonar el tablero. El conjunto de círculos concéntricos conforman la normalidad, todo lo que caiga afuera es lo feo.

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Pero la fealdad todavía no es el horror. Un rostro feo puede generar rechazo, risa y hasta miedo, sin llegar a provocar horror, pues todavía podemos identificarlo como rostro y a grandes rasgos, todos los rostros se parecen. Ahora bien, si un rostro tuviera una boca vertical en la frente, y las fosas nasales en cada comisura, los ojos en el lugar de la lengua y esta suelta como una barba, ya podríamos hablar de un rostro horrible, puesto que no respetaría ninguna convención, sería un rostro completamente sin sentido (1).

El horror, entonces, no es sólo alejarse del ideal, sino desentenderse completamente de la convención social.

Dos de mis historias de horror favoritas: una de ellas es la más verosímil que oí. Transcurrió en un campo de concentración: un preso, muerto de sed, pidió agua. El guardia llenó un vaso para luego vaciarlo en el suelo frente a él. “¿Por qué?”, preguntó el pobre, y el guardia contestó: “Aquí no hay «por qué»”. Creo que ese simple acto y esas palabras bastan para elevar a este guardia anónimo al altar de los grandes sabios de la historia.

La otra historia pertenece a la mitología judeocristiana: dios aparece en forma de un remolino para reprender a Job y otros hombres, algunos de los cuales hablaron bien y otros mal de las obras divinas. Dios los reprende a todos por igual, ya que ninguno de ellos es en verdad capaz de hablar con verdad, puesto que su esencia es incomprensible para seres tan limitados como ellos, hombres. Dios de este modo, se adelanta varios siglos al último aforismo de Wittgenstein: de lo que no se puede hablar, hay que callar.

La primera de estas historias admite un mundo sin sentido; la segunda, un sentido incognoscible, que a fines prácticos es lo mismo.

Podemos creer que no vivimos en un campo de concentración y también que dios no existe, pero eso no cambia mucho las cosas: el mundo es en esencia horrible.

Y no me refiero tanto (aunque sea parte del horror) a la incertidumbre de que tal vez tras cada puerta cerrada se pudra un cadáver o cualquier cosa peor, sino al hecho de que todo lo que vemos y percibimos es en verdad incomprensible: los colores no existen más que en nuestro cerebro, lo mismo que los aromas y las sensaciones. Lo peor es que no podemos dejar de sentirlos, aunque sabemos que no existen. Del mismo modo, sabemos que todo está hecho de átomos y que un átomo es un cuerpo casi completamente vacío y sabemos que ni siquiera se tocan entre ellos, aún así no pensamos en esto al vivir, porque hemos convenido como sociedad que el cielo es azul; la piel joven, tersa y las flores fragantes y que podemos pasarnos la mano al saludar, sólo porque a todos los que no consienten fingir esta demencia los encerramos en manicomios y los llenamos de pastillas hasta que sean incapaces de pensar absolutamente nada.

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Nota: (1) Yendo más lejos, aprovechemos para distinguir la belleza social de la belleza estética: si pensamos esa nueva configuración del rostro en una composición armónica en la que las partes respondieran a la belleza tradicional, podríamos obtener un rostro que en un cuadro podría ser estéticamente bello, sin que deje de ser horrible. Su belleza, incluso, estaría sustentada en ese horror.



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