— he cried out twice, a cry that was no more than a breath —
"The horror! The horror!"
J. Conrad
En el post-scriptum del texto anterior
anoté que, si cualquier cosa puede representar a otra, entonces tal
vez en el mundo no haya sino una sola cosa. Me preguntaron qué cosa
sería esa. En verdad no lo había pensado entonces, sin embargo no
dudé en contestar: el horror. Pero, ¿Qué es el horror?
*
El horror no está encerrado en el
ámbito del mal, puesto que el bien puede ser horroroso (nos basta
recordar las criaturas que pueblan el cielo de la Revelación) y,
también, puesto que el mal puede ser hermoso al seducir. El ámbito
del bien y mal, por otra parte, es la reducida y mutable moral. El
horror es más amplio, lo abarca todo: la nada, la eternidad y el
infinito son conceptos horrorosos sin ser morales, por ejemplo.
Parece fácil definir el horror, pero
sea el camino que se tome uno se topa con barreras. Como las primeras
imágenes de horror que me vienen a la mente son feas (retratos de
Bacon, decapitaciones de Caravaggio), inicié mi elucubración
partiendo del concepto de fealdad, bastante más simple.
*
La oposición evidente de la fealdad es
la belleza, pero no la belleza de la estética, sino la belleza de la
convención social. Tomemos el rostro como ejemplo: cada comunidad
tiene un ideal de rostro bello y, mientras más se acerca el rostro
de una persona a ese rostro ideal, más bello es (si no fuera así no
podríamos hablar de la belleza latinoamericana, la belleza asiática
o la belleza teutónica).
Ese ideal de belleza define la
normalidad de los rostros, ya que, como los miembros de la sociedad
lo desean, tienden a él por diversos caminos: desde la cosmética
hasta la eugenesia y, por supuesto, no todos lo alcanzan, es más, la
mayoría se queda por el camino. Sin embargo, no es difícil imaginar
que el ideal es la diana de un blanco que pocos aciertan, rodeado de
círculos concéntricos cuya puntuación decrece hasta abandonar el
tablero. El conjunto de círculos concéntricos conforman la
normalidad, todo lo que caiga afuera es lo feo.
*
Pero la fealdad todavía no es el
horror. Un rostro feo puede generar rechazo, risa y hasta miedo, sin
llegar a provocar horror, pues todavía podemos identificarlo como
rostro y a grandes rasgos, todos los rostros se parecen. Ahora bien,
si un rostro tuviera una boca vertical en la frente, y las fosas
nasales en cada comisura, los ojos en el lugar de la lengua y esta
suelta como una barba, ya podríamos hablar de un rostro horrible,
puesto que no respetaría ninguna convención, sería un rostro
completamente sin sentido (1).
El horror, entonces, no es sólo
alejarse del ideal, sino desentenderse completamente de la convención
social.
Dos de mis historias de horror
favoritas: una de ellas es la más verosímil que oí. Transcurrió
en un campo de concentración: un preso, muerto de sed, pidió agua.
El guardia llenó un vaso para luego vaciarlo en el suelo frente a
él. “¿Por qué?”, preguntó el pobre, y el guardia contestó:
“Aquí no hay «por qué»”. Creo que ese simple acto y esas
palabras bastan para elevar a este guardia anónimo al altar de los
grandes sabios de la historia.
La otra historia pertenece a la
mitología judeocristiana: dios aparece en forma de un remolino para
reprender a Job y otros hombres, algunos de los cuales hablaron bien
y otros mal de las obras divinas. Dios los reprende a todos por
igual, ya que ninguno de ellos es en verdad capaz de hablar con
verdad, puesto que su esencia es incomprensible para seres tan
limitados como ellos, hombres. Dios de este modo, se adelanta varios
siglos al último aforismo de Wittgenstein: de lo que no se puede
hablar, hay que callar.
La primera de estas historias admite un
mundo sin sentido; la segunda, un sentido incognoscible, que a fines
prácticos es lo mismo.
Podemos creer que no vivimos en un
campo de concentración y también que dios no existe, pero eso no
cambia mucho las cosas: el mundo es en esencia horrible.
Y no me refiero tanto (aunque sea parte
del horror) a la incertidumbre de que tal vez tras cada puerta
cerrada se pudra un cadáver o cualquier cosa peor, sino al hecho de
que todo lo que vemos y percibimos es en verdad incomprensible: los
colores no existen más que en nuestro cerebro, lo mismo que los
aromas y las sensaciones. Lo peor es que no podemos dejar de
sentirlos, aunque sabemos que no existen. Del mismo modo, sabemos que
todo está hecho de átomos y que un átomo es un cuerpo casi
completamente vacío y sabemos que ni siquiera se tocan entre ellos,
aún así no pensamos en esto al vivir, porque hemos convenido como
sociedad que el cielo es azul; la piel joven, tersa y las flores
fragantes y que podemos pasarnos la mano al saludar, sólo porque a
todos los que no consienten fingir esta demencia los encerramos en
manicomios y los llenamos de pastillas hasta que sean incapaces de
pensar absolutamente nada.
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Nota: (1) Yendo más lejos, aprovechemos para
distinguir la belleza social de la belleza estética: si pensamos esa
nueva configuración del rostro en una composición armónica en la
que las partes respondieran a la belleza tradicional, podríamos
obtener un rostro que en un cuadro podría ser estéticamente bello,
sin que deje de ser horrible. Su belleza, incluso, estaría
sustentada en ese horror.
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